Hace unos meses, en mi faceta como estudiante, una vez más tuve que realizar un análisis sobre una lectura (seguro que esto os resulta de lo más familiar ya que en la carrera suelen ser bastante habituales las lecturas, recensiones, etc.). En este caso, en concreto, tenía ante mí un artículo de Daniel Solé i LLadós titulado El Museo Inexpugnable: decálogo. En dicho ensayo se exponían, con cierto tono irónico, todos aquellos aspectos que todo museo no debería tener y que tristemente, en ocasiones, sí poseen en la realidad.
Tal y como se recogía al final del escrito, éste estaba directamente inspirado en "La Biblioteca de Babel" de Jorge Luís Borges; biblioteca en la cual parece estar inspirada la de la abadía benedictina que aparece en El nombre de la Rosa de Umberto Eco. Sorpresa la mía cuando hoy, "bicheando" por Internet, me encuentro con el Decálogo de todo buen bibliotecario redactado por Umberto Eco y donde, por supuesto, la ironía también se hace patente en cada una de sus palabras. Este decálogo formaba parte de la conferencia que impartió en el Congreso de Bibliotecarios celebrado en 1981 con motivo del 25º aniversario de la Biblioteca Sormani de Milán. Y decía así:
PREMISA: La finalidad de una biblioteca es custodiar los libros e impedir que resulten dañados. Una manera eficaz de conseguir este resultado es imposibilitar que los lectores los toquen; la segunda, y más perfecta, es impedir que lleguen a conocer su existencia. Para ello cabe hacer lo siguiente:
- Complicar al máximo los catálogos. Separar premeditadamente los catálogos de autores de los de materias y revistas, disponiéndolos incluso en sals diferentes. Si es posible puede tenerse, por cada catálogo, uno distinto para las adquisiciones anteriores (hasta 1960). Las adquisiciones posteriores se tendrán en una lista aparte, absolutamente inaccesible. La grafía y redacción de los nombres de los autores han de variar de catálogo en catálogo. Por ejemplo, "ChziKovskij" en el moderno y "Tschaikowsky" en el antiguo. El alfabético de materias debe estar redactado según decisión propia del bibliotecario, siguiendo sus peculiares intereses privados. Se debe prohibir que los editores sugieran en la contraportada una relación de los encabezamientos de materia bajo los que el libro debiera ser clasificado.
- La signatura debe ser totalmente intranscribible y con muchas siglas, algunas de las cuales deben parecer irrelevantes. Procurar que la papeleta de petición esté redactada de forma imperfecta, de modo que le pueda ser devuelta al lector, obligñandole a rehacerla de nuevo.
- El tiempo transcurrido entre la petición y la recepción del libro debe ser muy largo. Las papeletas deben introducirse en una especie de rueda de la fortuna y desaparecer por los subterráneos. Allí serán atendidas de manera arbitraria por subalternos minusválidos. Sería de agradecer alguna extremidad artificial o, mejor, una manga sujeta con un imperdible a la espalda. El subalterno ideal es el que lleva un solo libro en cada viaje. En cualquier caso, es necesario que este subalterno sea completamente incpaz, de modo que al subirse a las escaleras para alcanzar las estanterías más altas consiga precipitar trágicamente decenas de libros al suelo.
- Nunca se ha de prestar más de un libro. No debe permitirse que el lector entre en la biblioteca con un libro propio para compararlo con el prestado por la biblioteca. Toda comparación es siempre odiosa. Actuar de modo que los libros solicitados no lleguen jamás a ser llevados a la sala de lectura.
- Esforzarse por conseguir una ausencia total de fotocopiadoras. Si ya hubiese, que sean pocas, preferentemente, sólo una, no utilizable por el lector, que se fotocopien pocas páginas, a precio muy caro, después de una larga cola y entregando las fotocpias al día siguiente.
- El préstamos de los libros para fuera de la biblioteca debe variarse sistemáticamente de modo que frustre cualquier intento. Conseguir que el préstamo interbibliotecario sea utópico. Impedir que el lector llegue a tener el más mínimo conocimiento de los catálogos de otras biblitoecas.
- Los horarios de apertura deben coincidir completamente con los horarios laborales (para conseguirlo, hablar con los sindicatos); sobre todo merece la pena conseguir que las bibliotecas estén cerradas a la hora de comer, por la noche, los sábados y las fiestas de guardar. Hacer lo posible para que, en su tiempo libre, el usuario no se canse leyendo y se dedique al deporte.
- No debe ser posible que el lector pueda reconfortarse con un pequeño refresco en el interior de la biblioteca: el que quiera un café debe salir y al salir devolver todos los libros prestados, de manera que al regresar tengo que repetir todo el proceso de petición.
- No debe ser posible encontrarse el mismo libro al día siguiente. Ha de ser imposible saber quién lo tiene prestado en ese momento.
- NORMA DORADA: el lector no debe tener acceso, bajo ningún concepto, a las estanterías.
NORMA ADICIONAL: el objetivo primordial es conseguir que la biblioteca permanezca cerrada la mayor parte del año por orden gubernativa.
No quiero ni imaginarme que pudiera llegar a haber una biblioteca que cumpliera este decálogo; sería un verdadero caos a la vez que una gran decepción. Menos mal que nuestros bibliotecarios con el trabajo que desempeñan hacen que estas normas no sean más que una ficción.

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